Medellín, ciudad modelo en protección animal

Por: Alejandra Arizmendi Zapata

La ciudad marca la pauta como uno de los lugares que más protege a los animales en el mundo.

Gracias a la representación que lograron los animalistas en el Concejo Municipal de Medellín, se pudieron implementar proyectos que destacaron a la ciudad como un ciudad tolerante frente a otras del país que han implementado métodos como el sacrificio y la criminalización de animales callejeros.

En la capital antioqueña se ha establecido un “trípode fundamental” que incluye campañas para la adopción, la tenencia responsable y la esterilización masiva a través de la Unidad Móvil de Esterilizaciones gratuitas para caninos y felinos de estratos 1, 2 y 3. También se ha creado un Escuadrón Anticrueldad Animal (EAA) de la Policía Metropolitana para rescatar a los que se encuentren en situaciones vulnerables.

A la gestión que se ha venido realizando por los animales se unen todos los esfuerzos de fundaciones y activistas ya mencionados para crear una conciencia social reflexiva en torno a la aceptación de los perros y gatos callejeros como un problema cuya salida implica el compromiso de muchos.

El premio de ciudad modelo en materia de protección animal tuvo lugar en el 2012 cuando la fundación Suiza Franz Weber, que lidera gran cantidad de campañas animalistas de todo el mundo, le dio este reconocimiento a Medellín debido a su sensibilización con el tema y a la inversión económica en múltiples campañas.

La ciudad ha ido creando tal conciencia de la importancia del respeto y la protección de animales que, aunque hayan temas por mejorar, ya es irreversible al avance y la impronta de Medellín a nivel mundial en materia de bienestar animal.

La voluntad política también ha hecho posible los logros que se han obtenido hasta el momento, el reto está en no abandonar los programas educativos y la pretensión de seguir estableciendo una cultura de amor encaminada a proteger a los animales.

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El contraste de la transformación urbana

Por: Alejandra Arizmendi Zapata

El Parque Lleras es fruto de un cambio urbano y cultural, de un proceso de metamorfosis que ahora define el lugar y permite encontrar en él diversidad en todos sus aspectos y personas que lo caracterizan de día y de noche. “Un rumbeadero cargado de historia” así lo define Gonzalo Ruíz, un artesano que ha dedicado muchas tardes de su vida a exponer y vender sus obras en el parque.

El Lleras está ubicado en la comuna 14 de Medellín, en el barrio el Poblado, entre las carreras 37 y 39 y las calles 9 y 9ª, hace parte de la denominada “Zona Rosa” de la ciudad. Fue construido por el Banco Central Hipotecario (BCH) y por su gerente, Julio Eduardo Lleras, en los años 30. En honor a su apellido surge el nombre del parque, un parque lleno de elementos naturales y físicos (como sus monumentos y sus grandes árboles) que recibe a diario todo tipo de personas que se apropian de sus espacios.

En sus inicios, fue un barrio residencial, uno de los más tradicionales de Medellín, el BCH construyó cerca de 45 casas que fueron vendidas a familias de clase media por un valor de 3 mil a 8 mil pesos según sus posibilidades económicas del momento. Raúl Zapata Uribe, quien vivió allí durante 6 años, asegura que era un barrio tranquilo, un buen vividero y que, además, “casi nadie tenía carro, tocaba viajar en camionetas del transporte público”.

Pero la transformación urbana llegó junto a un hecho trágico, el 17 de mayo del 2001, el Lleras fue víctima de un atentado terrorista cuando un carro bomba explotó a las diez de la noche, convirtiendo ese día, un jueves, en la peor pesadilla del lugar; 8 personas resultaron muertas y más de un centenar quedaron heridas, entre ellas algunos niños, vendedores ambulantes y quienes se encontraban en los cafés tradicionales que existían alrededor del parque.

Los cambios llegaron también con la aprobación masiva, por parte de la alcaldía de Medellín, de licencias sobre usos de suelo para inmuebles comerciales en la zona; ahora el Lleras dejaba de ser ese barrio residencial y comenzaba a convertirse en un importante sitio comercial y círculo social, contando en la actualidad con más de 100 locales entre bares, restaurantes, hoteles y las infaltables discotecas. La desolación del 17 de mayo fue reemplazada por el empuje paisa que convirtió al sector en un ícono turístico, gastronómico y de rumba.

Y es que este parque es uno de día y uno de noche, ofrece variedad para todo tipo de gustos. En el día, la tranquilidad se apodera del ambiente; en semana, el parque es visitado por ejecutivos que salen a almorzar; menores de edad; colegialas del Palermo de San José cuyo paso por el Lleras es, para algunas, obligado para llegar a sus casas; artesanos ofreciendo sus productos; pintores exponiendo y vendiendo sus obras y extranjeros, muchos extranjeros. Hay estadounidenses, peruanos, chilenos, mexicanos y hasta irlandeses.

Llega el jueves, y es la apertura esperada del fin de semana, es el tan anhelado “juernes”. Cae la tarde, el sol se oculta y la música está lista para hacer vibrar cuerpos y corazones. Los artistas que venden sus cuadros, cogen su rumbo lejos del parque, se ha acabado su jornada laboral; las discotecas se preparan y se ponen un traje atractivo para todos los turistas, jóvenes y adultos. Paul Lee, un estadounidense que visita el Lleras en la noche, afirma: “acá disfruto de las mejores fiestas, de la mejor rumba de esta ciudad”.

La alteración en el ambiente es imposible de ignorar, las luces se encienden y los vendedores ambulantes, con sus pequeñas cajas rojas y azules, están listos para poner a producir su “tienda portátil”, donde el cigarrillo es el producto más vendido.

Quienes buscan la rumba, comienzan a pasearse por las calles reconocidas pero también peligrosas del Parque Lleras, las tapas de los contenedores son robadas permanentemente; también, hay caminos con luces muy tenues que dan pie a la inseguridad y dinero a los amigos de lo ajeno.

Las mujeres llevan tacones, ropa atractiva y un maquillaje intacto que en horas de la madrugada, parece nunca haber existido; los hombres, por su parte, llevan ropa más informal que ellas, pero todos con un denominador común: las ganas de ocio que sobrellevarán con el consumo para satisfacer sus necesidades biológicas nocturnas y su cita con el alcohol.

En definitiva, el Parque Lleras no representa únicamente uno de los sitios turísticos más visitados de Medellín, es una muestra de la sociedad posmoderna, una muestra de lo que se vive en la ciudad, de cómo se vive y de quiénes lo viven. En un sitio que encarna el contraste y el proceso de la trasformación urbana que ha tenido esta zona; es un espacio de  encuentro para prácticas estéticas y artísticas, para salir a tardear o a bailar, para disfrutar de una amplia oferta gastronómica y, sobre todo, para visitarlo sin ignorar su historia.

Iniciativa por y para jóvenes conscientes

Por: Alejandra Arizmendi Zapata

El grupo juvenil Farah, de la vereda El Limonar 4 de San Antonio de Prado, brinda en la actualidad un acompañamiento permanente a los jóvenes, para combatir la problemática social del corregimiento basada en la drogadicción y la delincuencia por medio de “combos”.

A través de actividades culturales y talleres enfocados al fomento de valores y principios, Diana Patricia Álvarez coordina Farah (alegría, en árabe). El grupo cuenta con 42 jóvenes que promueven un trabajo social enfocado a su formación como parte integral de la sociedad.

Desde el mes de abril del 2011 y gracias a la entrega de edificios por parte del municipio a El Limonar 4, se vio la necesidad de incentivar la creación de Farah, con el propósito de enfocar a los jóvenes en aspectos positivos. Diana Patricia asumió la dirección en octubre del 2013, comenzó reuniéndose con tan solo 10 personas de 14 a 29 años. Más adelante, la cobertura del grupo abarcó también a menores de 10 años en adelante.

El parqueadero del edificio El Limonar es su punto de encuentro desde que el proyecto está en marcha. Diana asegura que “ya se tiene todo un proceso muy conformado. El año pasado nos hicimos acreedores al estímulo de la Secretaría de la Juventud por millón quinientos para realizar un proyecto basado en la celebración de la Navidad: ‘una Navidad sin pólvora’; el objetivo ahora es luchar para que tengamos una sede, un espacio propio”.

Además, Farah no solo se proyecta en El Limonar 4, sino también en otras veredas de San Antonio de Prado, pues está abierto a todos los jóvenes que quieran ingresar. El grupo se reúne los viernes de 7p.m. a 9:30p.m.

Por su parte, Leidy Marcela Durango, integrante del proyecto, asegura que “es importante que los jóvenes estemos ocupados en cosas buenas. Además, he aprendido convivir sanamente, a trabajar en equipo, a entender que todos somos diferentes y que la tolerancia es muy importante”.

Así pues, Farah consiste en una iniciativa juvenil que va en pro del mejoramiento de la sociedad y que, tal como lo asegura su directora Diana, busca demostrar que los jóvenes no hacen parte del problema, los jóvenes son la solución.

Rostro del transgenerismo

Por: Alejandra Arizmendi Zapata

A sus 23 años, Sofía Hernández ejemplifica la lucha constante de la comunidad LGBTI (Lesbianas, Gays, Bisexuales, Transgeneristas e Intersexuales) para traspasar las fronteras de género e ir más allá de los parámetros y estigmas sociales.

Sofía antes era Bryan, pero de él no hay muchos recuerdos. A sus 4 años comenzó a sentir que ese cuerpito de niño blanco, peli negro y delgado no era suyo, que estaba “atrapada en el cuerpo equivocado”, que estaba encerrada, que necesitaba huir. Siempre jugaba con muñecas y con las niñas; soñaba con cuentos de hadas y con princesas rescatadas por hombresitos valientes; nunca tocó un balón de fútbol.

A su madre la llamaban preocupadas las profesoras del colegio, le decían que Bryan no era normal, que sus actitudes se parecían más a la de las niñas, que lo llevara al psicólogo, que necesitaba ayuda. Pero ella se alejó de los prejuicios y decidió apoyarlo, en su casa también notaba que su hijo, en un futuro próximo,  sería su hija. De su papá conserva algo curioso, se le murió cuando apenas tenía 8 años, pero él supo, antes que todos, lo que pasaría; sus actitudes se volvían tan evidentes que comenzó a decirle a su hijo “mi niña”, porque siempre quiso una mujersita e, intrigantemente, la veía en Bryan. “Murió sabiendo que yo sería así”, asegura Sofía con una sonrisa fortuita.

Iba creciendo y la situación se tornaba cada vez más difícil al identificar en su interior esa falta de congruencia, ese conflicto de género… algo le decía que no pertenecía al sexo al que se le obligaba pertenecer; todos los días rechazaba el trato social que se le daba, sentía confusión, incomodidad y frustración.

Los profesores y alumnos de su mismo colegio se cuestionaban: “¿Por qué se viste así? ¿Por qué habla así? ¿Por qué asume estos roles?”, comenzaban siempre a hacer suposiciones y a buscar explicaciones por su comportamiento.

Pero su vida dio el giro que el destino le estaba preparando, hasta los 14 años fue su adolescencia como niño, aunque ya vestía con ropa estrecha y el pelo largo. Comenzó a ir, junto a su mejor amigo, al Parque de los Deseos, punto de encuentro de la comunidad LGBTI, fue en ese lugar donde, por primera vez, notó que podía cambiar su cuerpo, ser diferente, ser mujer.

Otras personas trans empezaron a motivar a ese Bryan que estaba a punto de desaparecer, le decían que su cara y su cuerpo se prestaban mucho para feminizarse, que lo intentara.

Ante la necesidad de sentirse acorde con su mentalidad y su sentir, comenzó a los 14 el proceso de transformación con su mejor amigo, empezaron a administrarle hormonas a sus cuerpos, anti andrógenos que cumplen la función de redistribuir la grasa, frenar el desarrollo de rasgos masculinos y favorecer la aparición de los femeninos, entre ellos, las facciones de la cara y el tono de la voz. Bryan iba convirtiéndose en Sofía.

Hasta hoy, han sido 8 años en los que, diario, debe tomarse un anti andrógeno para seguir el largo camino en búsqueda de su identidad como mujer, un camino que le ha traído satisfacciones, alegrías, decepciones y  discriminaciones.

Dentro del contexto de las discriminaciones ha vivido una lucha constante; todo el tiempo recibe miradas intimidantes, comentarios imprudentes e insultos que van desde marica hasta puta; personas que en un centro comercial, en un restaurante y hasta en un cine, parece que vivieran encapsuladas en un mundo aparte y que no comprendieran que existen modos de ser distintos a los establecidos y tradicionales.

Sofía tiene algo peculiar, a diferencia de otras personas transexuales, a ella le gusta decir que lo es, incluso, prefiere advertírselo a los hombres que se le acercan, por ejemplo, en una noche de rumba en el Parque Lleras para bailar; algunos se quedan sorprendidos y se alejan, otros la insultan y a otros simplemente no les importa y deciden bailar toda la noche con esa mona alta que siempre se viste con grandes escotes.

Hace 8 meses, en una de esas salidas al Lleras con sus amigas,la sacaron de una discoteca, los organizadores le dijeron que debía irse, que sus amigas entraban pero ella no, que varios clientes se estaban quejando porque “¿qué tiene que estar haciendo un man disfrazado de vieja en una discoteca?” Esa noche,  la impotencia  y la decepción tomaron un papel protagónico, estaba siendo víctima de los estigmas de una sociedad que no acepta, que no incluye, que no tolera. Anécdotas como esta le sobran, pero convicción para superarlas, también.

En toda esta historia, no tan dramática como la de otros trans que han vivido más discriminación, Sofía se siente afortunada por dos razones principales; primero, tiene a su mamá que es su luz, su centro, su cable a tierra. Ella la apoya de manera incondicional y la hace feliz saber que su hija tiene la capacidad de no dejarse afectar por el qué dirán de los demás; y segundo, cuenta también con el apoyo de su novio, con el que lleva un año y medio.

Para algunos será difícil creer y aceptar que un hombre se fije y se enamore de una persona transexual, pero él se enamoró de Sofía, de sus virtudes y de sus defectos.

Y es que Sofía no pide perdón, puede estar consciente de sus equivocaciones pero no lo hace, le gana el orgullo y prefiere hacerse la víctima para no tener que hacerlo; también, es prepotente en ocasiones, en especial en su casa, donde vive con su mamá y con su hermana menor, a quien cuida todas las tardes.

Sofía es, en definitiva, una muestra de lo que significa el hecho de tener que asumir un rol diferente en la sociedad porque se nace con un inconformismo inevitable, con un conflicto de identidad de género imposible de ignorar.

Aunque el ser mujer, para ella, va más allá de la corporalidad, continúa su vida haciendo esfuerzos para “armonizar” cada vez más su cuerpo, espera realizarse una cirugía plástica de senos y de nariz, y espera, sobre todo, conservar el apoyo y la presencia de su mamá, su hermana, su novio y su mejor amiga. Sofía vive la grandeza de ser feliz con lo que es, con lo que piensa y con lo que dice. Busca superar  las barreras impuestas por un mundo que patologiza, que pone como enfermedad la condición transexual; un mundo que no comprende que es, simplemente, una condición humana.

El sentir de un animalista arrepentido

Por: Alejandra Arizmendi Zapata

“No me alcanzará la vida para agradecerle a ‘Terciopelo’ el favor que me hizo” así piensa Álvaro Múnera, ex torero; concejal de Medellín y ahora símbolo de la defensa de los animales, al referirse al toro que le dio un rumbo diferente a su vida cuando, el 19 de noviembre en 1985, le propició una cornada y lo dejó parapléjico. Hoy Múnera, más conocido como ‘El Pilarico’ defiende con fuertes argumentos la importancia de proteger a los animales.

Lunes, 10 de la mañana, me dirijo al Concejo de Medellín, con expectativa e intriga, con la curiosidad que se necesita para conocer a alguien como Álvaro Múnera, una persona con alta convicción dentro de su lucha animalista.

El ingreso es sencillo, me abren la puerta de la oficina e inmediatamente se presentan ante mis ojos muchas imágenes de animales, hay gatos, tigres, delfines, perros, elefantes, micos, caballos, etc; también, grandes carteles que rechazan la tauromaquia, el mal llamado arte de jugar con la vida de un toro.

Me perdí en ese ambiente, en lo cálido que resultaba ser esa oficina del concejo. Tomé asiento  por unos minutos y llegó Álvaro Múnera, en su silla de ruedas y con una gentileza que se percibe fácilmente. Comenzamos la entrevista y parecía que no estábamos solos, nos acompañaban los animales plasmados en las paredes.

A usted lo reconocen como “El Pilarico”, ¿cómo surge este apodo?

“Desde que yo tenía más o menos 9 años, me mudé con mi familia al barrio La Pilarica, empecé a torear a esa edad y todos mis amigos del barrio iban a verme, para que a ellos los identificaran como mis amigos, empezaron a gritar “Pilarico” “Pilarico”, y así me quedé”.

¿Cómo nació su afición por las corridas de toros?

“Yo heredé la afición taurina de mi padre, para él, los toros eran su vida y nos llevaba a mis hermanos y a mí, desde los 4 años, a todas las corridas, yo crecí con eso, era pan de cada día en mi casa”.

Cuénteme de las sensaciones que tuvo al recibir la cornada por parte del toro que lo dejó parapléjico y lo alejó se su vida como torero a los 18 años.

“Cuando el toro me cogió, me partí la quinta vértebra cervical, tuve trauma craneoencefálico y lesión medular completa. Yo sentí un corrientazo frío y el cuerpo se me perdió, no podía ni ver, ni hablar, solo escuchar; incluso pensé que estaba muerto”.

¿Cuándo y dónde comenzó a cambiar su percepción sobre las corridas de toros?

“Yo estuve primero en recuperación en España, allí el proceso no avanzaba, a los 4 meses me trasladaron a Miami, mi transformación se da en ese lugar, cuando llego a un país que no concibe que todavía exista un pueblo que se divierta torturando y matando animales. Yo enfrento esos pensamientos cuando, al contarle a las personas lo que me pasó, me miran como si fuera un psicópata, un asesino, un violador…todo influyó para darme cuenta de que el equivocado era yo”.

¿Tiene algún momento o alguna frase que considere que lo ha marcado para siempre durante su estadía en Miami?

“Sí, una vez una compañera del hospital me invitó a comer a su casa con toda su familia, cuando llegamos donde una tía de ella, mi compañera le dijo: ‘Tía, él es Álvaro Múnera, un torero que vino de España y se accidentó, quedó en silla de ruedas por una cornada’, de manera inmediata esa señora se quedó mirándome con unos ojos brillantes e intimidantes y, sin pensarlo dos veces, me dijo: ‘¿Sabe qué? Me alegra mucho que esté en esa silla de ruedas, ojalá nunca se levante de ahí, usted es un bárbaro, cruel, asesino’, yo no le respondí, pero sí interioricé eso y le di toda a razón, porque así es, hay crímenes que no tienen forma de ser reparados y esos son los que yo he cometido”.

Con la mirada siempre esquiva, tal vez reflejando timidez a pesar de su condición de político, iba respondiendo mis preguntas y dándole un tono muy conversacional al asunto, me hablaba como si me conociera desde hace un buen tiempo.

Entrando en otros aspectos, ¿qué es para usted la política, cómo la concibe?

“Para mí la política es una fábrica para materializar sueños. Hay gente que trabaja mucho para llegar acá, nosotros llegamos acá para trabajar mucho, a pesar de las críticas”.

Hablando de críticas, a usted los taurinos lo catalogan de “traidor” por unirse a la causa animalista y defenderla en su carrera política, ¿ha tenido que enfrentarse directamente con ellos? ¿Cuál es su pensamiento al respecto?

“Todo el tiempo, incluso me han amenazado de muerte, no me han matado porque no le quieren poner un mártir a esta causa. Cuando tomé la decisión de hacer pública de conversión y mi ‘salida del clóset antitaurino’ (sonríe) los amantes de las corridas me empezaron a ver como su enemigo y como un traidor, pero les doy la razón porque eso fue lo que hice, traicionar la crueldad”.

¿Cuáles han sido los momentos más difíciles en esta lucha por el bienestar animal?

“Los debates con los caballistas por la eliminación de las cabalgatas en la Feria de Flores y el proceso de erradicación de los cocheros. Recibimos muchas críticas e insultos”.

Era momento de darle un giro diferente a la conversación, quería conocer otros aspectos de Álvaro Múnera, quería entrar a conocer su carácter, su personalidad y sus gustos.

Cuénteme, ¿cuál es su recuerdo más emocionante?

“Yo tengo una hija llamada Isabel, la adopté con mi esposa y ahora tiene 12 años, el día en que me la entregaron fue el día más feliz, no tengo cómo describirlo”.

¿A Isabel, le ha inculcado ese amor por los animales?

“Sí, ella inclusive se hizo vegetariana desde los 6 años gracias a mi ejemplo”.

¿Alguna frase que lo identifique?

“Una de Gandhi: ‘La cultura de un pueblo y su progreso moral deben medirse según el trato que le dan a sus animales’”.

¿Qué lo hace feliz, aparte de luchar por el bienestar de los animales?

“Espiritualmente es eso y nada más, para mí lo más grande es la causa animalista; materialmente me gusta y disfruto mucho del fútbol americano, en Estados Unidos me hice fanático enfermo de los Delfines de Miami, gozo bastante con sus partidos, eso es casi que una religión”.

Para finalizar ¿qué significa para Álvaro Múnera esa silla de ruedas?

“Significa un maestro impresionante porque tú ves el mundo muy distinto, aprendes a valorar, esta silla de ruedas me enseñó a asumir como propio el dolor ajeno y también me bajó del pedestal de orgullo en el que estaba”.

 

Así finaliza la entrevista con el Concejal Defensor de los Animales, él, con un poco de angustia, asegura que ni viviendo dos veces puede devolverles a ellos todo el bienestar que les quitó en su época de equivocadas decisiones, continúa  con la firme creencia de que es posible un gobierno que los incluya y promueva su protección, continua siendo un animalista arrepentido que con acciones intenta aminorar su “deuda de vida”.