El contraste de la transformación urbana

Por: Alejandra Arizmendi Zapata

El Parque Lleras es fruto de un cambio urbano y cultural, de un proceso de metamorfosis que ahora define el lugar y permite encontrar en él diversidad en todos sus aspectos y personas que lo caracterizan de día y de noche. “Un rumbeadero cargado de historia” así lo define Gonzalo Ruíz, un artesano que ha dedicado muchas tardes de su vida a exponer y vender sus obras en el parque.

El Lleras está ubicado en la comuna 14 de Medellín, en el barrio el Poblado, entre las carreras 37 y 39 y las calles 9 y 9ª, hace parte de la denominada “Zona Rosa” de la ciudad. Fue construido por el Banco Central Hipotecario (BCH) y por su gerente, Julio Eduardo Lleras, en los años 30. En honor a su apellido surge el nombre del parque, un parque lleno de elementos naturales y físicos (como sus monumentos y sus grandes árboles) que recibe a diario todo tipo de personas que se apropian de sus espacios.

En sus inicios, fue un barrio residencial, uno de los más tradicionales de Medellín, el BCH construyó cerca de 45 casas que fueron vendidas a familias de clase media por un valor de 3 mil a 8 mil pesos según sus posibilidades económicas del momento. Raúl Zapata Uribe, quien vivió allí durante 6 años, asegura que era un barrio tranquilo, un buen vividero y que, además, “casi nadie tenía carro, tocaba viajar en camionetas del transporte público”.

Pero la transformación urbana llegó junto a un hecho trágico, el 17 de mayo del 2001, el Lleras fue víctima de un atentado terrorista cuando un carro bomba explotó a las diez de la noche, convirtiendo ese día, un jueves, en la peor pesadilla del lugar; 8 personas resultaron muertas y más de un centenar quedaron heridas, entre ellas algunos niños, vendedores ambulantes y quienes se encontraban en los cafés tradicionales que existían alrededor del parque.

Los cambios llegaron también con la aprobación masiva, por parte de la alcaldía de Medellín, de licencias sobre usos de suelo para inmuebles comerciales en la zona; ahora el Lleras dejaba de ser ese barrio residencial y comenzaba a convertirse en un importante sitio comercial y círculo social, contando en la actualidad con más de 100 locales entre bares, restaurantes, hoteles y las infaltables discotecas. La desolación del 17 de mayo fue reemplazada por el empuje paisa que convirtió al sector en un ícono turístico, gastronómico y de rumba.

Y es que este parque es uno de día y uno de noche, ofrece variedad para todo tipo de gustos. En el día, la tranquilidad se apodera del ambiente; en semana, el parque es visitado por ejecutivos que salen a almorzar; menores de edad; colegialas del Palermo de San José cuyo paso por el Lleras es, para algunas, obligado para llegar a sus casas; artesanos ofreciendo sus productos; pintores exponiendo y vendiendo sus obras y extranjeros, muchos extranjeros. Hay estadounidenses, peruanos, chilenos, mexicanos y hasta irlandeses.

Llega el jueves, y es la apertura esperada del fin de semana, es el tan anhelado “juernes”. Cae la tarde, el sol se oculta y la música está lista para hacer vibrar cuerpos y corazones. Los artistas que venden sus cuadros, cogen su rumbo lejos del parque, se ha acabado su jornada laboral; las discotecas se preparan y se ponen un traje atractivo para todos los turistas, jóvenes y adultos. Paul Lee, un estadounidense que visita el Lleras en la noche, afirma: “acá disfruto de las mejores fiestas, de la mejor rumba de esta ciudad”.

La alteración en el ambiente es imposible de ignorar, las luces se encienden y los vendedores ambulantes, con sus pequeñas cajas rojas y azules, están listos para poner a producir su “tienda portátil”, donde el cigarrillo es el producto más vendido.

Quienes buscan la rumba, comienzan a pasearse por las calles reconocidas pero también peligrosas del Parque Lleras, las tapas de los contenedores son robadas permanentemente; también, hay caminos con luces muy tenues que dan pie a la inseguridad y dinero a los amigos de lo ajeno.

Las mujeres llevan tacones, ropa atractiva y un maquillaje intacto que en horas de la madrugada, parece nunca haber existido; los hombres, por su parte, llevan ropa más informal que ellas, pero todos con un denominador común: las ganas de ocio que sobrellevarán con el consumo para satisfacer sus necesidades biológicas nocturnas y su cita con el alcohol.

En definitiva, el Parque Lleras no representa únicamente uno de los sitios turísticos más visitados de Medellín, es una muestra de la sociedad posmoderna, una muestra de lo que se vive en la ciudad, de cómo se vive y de quiénes lo viven. En un sitio que encarna el contraste y el proceso de la trasformación urbana que ha tenido esta zona; es un espacio de  encuentro para prácticas estéticas y artísticas, para salir a tardear o a bailar, para disfrutar de una amplia oferta gastronómica y, sobre todo, para visitarlo sin ignorar su historia.

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