Un rostro del transgenerismo

Por: Alejandra Arizmendi Zapata

A sus 23 años, Sofía Hernández ejemplifica la lucha constante de la comunidad LGBTI (Lesbianas, Gays, Bisexuales, Transgeneristas e Intersexuales) para traspasar las fronteras de género e ir más allá de los parámetros y estigmas sociales.

Sofía antes era Bryan, pero de él no hay muchos recuerdos. A sus 4 años comenzó a sentir que ese cuerpito de niño blanco, peli negro y delgado no era suyo, que estaba “atrapada en el cuerpo equivocado”, que estaba encerrada, que necesitaba huir. Siempre jugaba con muñecas y con las niñas; soñaba con cuentos de hadas y con princesas rescatadas por príncipes valientes; nunca tocó un balón de fútbol.

A su madre la llamaban preocupadas las profesoras del colegio, le decían que Bryan no era normal, que sus actitudes se parecían más a la de las niñas, que lo llevara al psicólogo, que requería ayuda. Pero ella se alejó de los prejuicios y decidió apoyarlo, en su casa también notaba que su hijo, en un futuro próximo,  sería su hija. De su papá conserva algo curioso, se le murió cuando apenas tenía 8 años, pero él supo, antes que todos, lo que pasaría; sus actitudes se volvían tan evidentes que comenzó a decirle a su hijo “mi niña”, porque siempre quiso una mujersita e, intrigantemente, la veía en Bryan. “Murió sabiendo que yo sería así”, asegura Sofía con una sonrisa fortuita.

Iba creciendo y la situación se tornaba cada vez más difícil al identificar en su interior esa falta de congruencia, ese conflicto de género… algo le decía que no pertenecía al sexo al que se le obligaba pertenecer; todos los días rechazaba el trato social que se le daba, sentía confusión, incomodidad y frustración.

Los profesores y alumnos de su mismo colegio se cuestionaban: “¿Por qué se viste así? ¿Por qué habla así? ¿Por qué asume estos roles?”, comenzaban siempre a hacer suposiciones y a buscar explicaciones por su comportamiento.

Pero su vida dio el giro que el destino le estaba preparando, hasta los 14 años fue su adolescencia como niño, aunque ya vestía con ropa estrecha y el pelo largo. Comenzó a ir, junto a su mejor amigo, al Parque de los Deseos, punto de encuentro de la comunidad LGBTI, fue en ese lugar donde, por primera vez, notó que podía cambiar su cuerpo, ser diferente, ser mujer.

Otras personas trans empezaron a motivar a ese Bryan que estaba a punto de desaparecer, le decían que su cara y su cuerpo se prestaban mucho para feminizarse, que lo intentara.

Ante la necesidad de estar acorde con su mentalidad y su sentir, comenzó a los 14 años el proceso de transformación con su mejor amigo, empezaron a administrarle hormonas a sus cuerpos, anti andrógenos que cumplen la función de redistribuir la grasa, frenar el desarrollo de rasgos masculinos y favorecer la aparición de los femeninos, entre ellos, las facciones de la cara y el tono de la voz. Bryan iba convirtiéndose en Sofía.

Hasta hoy, han sido 8 años en los que, diario, debe tomarse un anti andrógeno para seguir el largo camino en búsqueda de su identidad como mujer, un camino que le ha traído satisfacciones, alegrías, decepciones y  discriminaciones.

Dentro del contexto de las discriminaciones ha vivido una lucha constante; todo el tiempo recibe miradas intimidantes, comentarios imprudentes e insultos que van desde marica hasta puta; personas que en un centro comercial, en un restaurante y hasta en un cine, parece que vivieran encapsuladas en un mundo aparte y que no comprendieran que existen modos de ser distintos a los establecidos y tradicionales.

Sofía tiene algo peculiar, a diferencia de otras personas transexuales, a ella le gusta decir que lo es, incluso, prefiere advertírselo a los hombres que se le acercan, por ejemplo, en una noche de rumba en el Parque Lleras para bailar; algunos se quedan sorprendidos y se alejan, otros la insultan y a otros simplemente no les importa y deciden bailar toda la noche con esa mona alta que siempre se viste con grandes escotes.

Hace 7 meses, en una de esas salidas al Lleras con sus amigas, la sacaron de una discoteca, los organizadores le dijeron que debía irse, que sus amigas entraban pero ella no, que varios clientes se estaban quejando porque “¿qué tiene que estar haciendo un man disfrazado de vieja en una discoteca?”

Esa noche,  la impotencia  y la decepción tomaron un papel protagónico, estaba siendo víctima de los estigmas de una sociedad que no acepta, que no incluye, que no tolera. Anécdotas como esta le sobran, pero convicción para superarlas, también.

En toda esta historia, no tan dramática como la de otros trans que han vivido más discriminación, Sofía se siente afortunada por dos razones principales; primero, tiene a su mamá que es su luz, su centro, su cable a tierra. Ella la apoya de manera incondicional y la hace feliz saber que su hija tiene la capacidad de no dejarse afectar por el qué dirán de los demás; y segundo, cuenta también con el apoyo de su novio, con el que lleva un año y medio.

Para algunos será difícil creer y aceptar que un hombre se fije y se enamore de una persona transexual, pero él se enamoró de Sofía, de sus virtudes y de sus defectos.

Y es que Sofía no pide perdón, puede estar consciente de sus equivocaciones pero no lo hace, le gana el orgullo y prefiere hacerse la víctima para no tener que hacerlo; también, es prepotente en ocasiones, en especial en su casa, donde vive con su mamá y con su hermana menor, a quien cuida todas las tardes.

Sofía es, en definitiva, una muestra de lo que significa el hecho de tener que asumir un rol diferente en la sociedad porque se nace con un inconformismo inevitable, con un conflicto de identidad de género imposible de ignorar.

Aunque el ser mujer, para ella, va más allá de la corporalidad, continúa su vida haciendo esfuerzos para “armonizar” cada vez más su cuerpo, espera realizarse una cirugía plástica de senos y de nariz, y espera, sobre todo, conservar el apoyo y la presencia de su mamá, su hermana, su novio y su mejor amiga. Sofía vive la grandeza de ser feliz con lo que es, con lo que piensa y con lo que dice. Busca superar  las barreras impuestas por un mundo que patologiza, que pone como enfermedad la condición transexual; un mundo que no comprende que es, simplemente, una condición humana.

 

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Un país manipulado, una paz en paro

Realidades lacerantes, afirmaciones punzantes y testimonios difíciles de creer para las generaciones más jóvenes, son los que protagonizan el libro Crónicas que matan. Toda una serie de compilaciones de acontecimientos que marcaron y marcan todavía a Colombia, un país que ha padecido dolor gracias a los intereses insaciables de la codicia disfrazada de narcotráfico, guerrilla y paramilitarismo.

La autora, María Jimena Duzán, periodista y politóloga colombiana, ha sobrellevado la violencia de cerca, la muerte la ha perseguido al ser objeto de varias amenazas, esto le da un plus diferente al libro, le da ese valor agregado a la periodista para narrar los hechos más trágicos que la nación ha tenido que resistir.

El conflicto en Colombia se ha mantenido latente, pero la esperanza de cambio en los años 80 y principios de los 90 parecía haber renunciado y la muerte se promocionaba en cada rincón.

Aunque suene ciclé la frase: “Un pueblo que no conoce su historia, está condenado a repetirla” es menester traerla a colación, porque la memoria colectiva o histórica permite no ser indiferente frente a todo un contexto de violencia que ha bañado al país, frente un conflicto armado que todavía toca fibras y conmueve corazones incapaces de aceptar que la violencia se siga gestando como solución a las diferencias y a un orden social incontrolable.

Crónicas que matan le recuerda al país episodios oscuros y difíciles por los que tuvo que pasar, y el solo hecho de conocerlos y recordarlos puede considerarse como algo subversivo.

Por eso, en el libro es posible entender capítulos de la vida nacional como el asesinato de Luis Carlos Galán, la Toma del Palacio de Justicia por el M-19, el control territorial que ejercía y ejerce las FARC, la crisis en la rama judicial debido a la violencia de la época, el secuestro de Pastrana, las alianzas entre paramilitares y narcotraficantes, las limitaciones y censuras de la prensa gracias a los grupos armados y al narcotráfico, como se evidenció en el atentado a El Espectador, y muchos más sucesos que permiten también conocer cómo toda la opinión pública se encontraba dominada, cómo la política también lo estaba y  cómo fracasaron los intentos de los gobernantes de turno para ponerle fin a los conflictos.

Este libro puede, perfectamente, ser considerado como un reportaje, porque reúne crónicas que denotan todo un trabajo documental en torno a las situaciones que marcaron un amplio período de violencia; Crónicas que matan contó con percepciones y criterios subjetivos de la autora, pero también con una gran variedad de entrevistas y fuentes para su realización que le permitieron desarrollar una función narrativa profunda, envolvente y real.

En definitiva, tal como lo afirma María Jimena: “Se hablaba del conflicto armado con pasión, de la paz, con cinismo, y de la rumba, con convicción” (Duzán, 1992, p.24). Y es que esta frase puede considerarse la premisa aún vigente de Colombia, un país manipulado con una paz en paro.

 

 

Bibliografía

 

Duzán, M. J. (1992). Crónicas que matan. Harper Collins.

 

Memorias cotidianas de un país en guerra

Afganistán es un país que lleva más de dos décadas en guerra, una guerra desatada por la coalición liderada por Estados Unidos en la que el ataque terrorista de Al Qaeda en este país, derrumba a las Torres Gemelas ocasionando la muerte de más de 3 mil personas. A partir de ahí, el ex presidente de Estados Unidos, George Bush lidera una política de invasión y desarrollo armamentístico.

Esto, y el fundamentalismo talibán de esa época, generaban inseguridad, temor, violencia y una lucha constante de los afganos por sobrevivir a la guerra. Son esos conceptos con los que la mayoría de ciudadanos del mundo, especialmente de occidente, asocian a Afganistán por la influencia evidente de los medios de comunicación, encargados de propiciar un sinfín de connotaciones negativas del país presentándolo con mensajes de retraso y opresión constante.

A pesar de las guerras mediáticas entre el miedo y la muerte, Natalia Aguirre Zimerman, en 300 días en Afganistán, es capaz de mostrar una óptica diferente desde historias cotidianas e impresiones sobre el pueblo afgano.

Mediante relatos cortos y carentes, obviamente, de un hilo conductor, Natalia refleja un sentido de observación admirable capaz de dar a conocer la cultura del país con algunas maravillas dentro de un horror inminente.

Es capaz, también, de desmitificar el rol que las mujeres asumen en Afganistán, un rol que no deja de ser de represión pero que la autora da a conocer de una manera distinta a través de diferentes vivencias y exploraciones íntimas.

En este punto, es menester resaltar la importancia de que estas narraciones hayan sido escritas por una mujer, esto les da un plus, una fuerza incomparable que se refleja en un comentario que Natalia hizo en una entrevista para el periódico El Tiempo en el 2006: “Allá hombres y mujeres son dos mundos aparte. Pero yo tenía la fortuna de ser el tercer sexo: era un hombre para los hombres y una mujer para las mujeres. Los hombres no me miraban mal porque, al no ser afgana, no tenía que cumplir sus reglas.”

También, utiliza un tono de frescura y libertad que hace que la lectura, a su paso, sea cada vez más amena y propicie el interés por seguir descubriendo múltiples retratos de la vida cotidiana de un país martirizado y estigmatizado en los imaginarios colectivos.

Y es que la perspectiva que se adquiere es bastante amplia, 300 días en Afganistán hace un rastreo por los olores, los lugares, las alegrías, los miedos y las emociones que su autora logró conocer en su estadía dentro de la cultura afgana, utilizando historias que quedan latentes en la memoria de quienes las leen. En una frase menciona que: “No se les olvide que el presente Kabul es el pasado del resto del planeta”, tratando de contar la crisis humanitaria que aún se vive gracias a los conflictos políticos.

Sin embargo, esa cultura contada, no carece de virtudes, los afganos cuentan con una capacidad envidiable de adaptación a las circunstancias que los rodean, una adaptación que logran ágilmente mediante las mejores estrategias de supervivencia. Los afganos son, además, muy generosos, esto se demuestra cuando Natalia cuenta que, en una ocasión, le hizo saber a una menor lo lindos que estaban sus aretes, un rato después, se dio cuenta de que esta niña se los había dejado como obsequio.

Son muchos los aspectos que se logran destacar de estas narraciones emotivas que brindan una imagen de Afganistán lejos de los prejuicios y la guerra.

Este libro, sin que Natalia tuviera intención de escribirlo y sin ser periodista, terminó convertido en un ejemplo para quienes están en formación para serlo, es una muestra clara de que el periodismo debe basarse más en la pasión que en la técnica.

En definitiva, mediante estas narraciones se alcanza una visión compleja de Afganistán, de sus realidades y de la esencia humana de sus habitantes a través de memorias cotidianas de un país en guerra.

 

 

Fuentes:

La noticia del momento

¿Qué está primando en los noticieros? Algo que no es nuevo pero que ha tomado visibilidad, fuerza y relevancia mediática: el maltrato hacia la mujer.

“Hombre asesina a una mujer en el centro comercial Santafé”, “El asesino de Yuri Vanesa López la maltrató durante un año por celos”, “Nuevo caso de maltrato contra una mujer en Bogotá”, “Grave caso de maltrato a una mujer en Ocaña”; con titulares así nos levantamos, almorzamos y cenamos todos los días en los hogares colombianos.

Un tema que a muchos indigna y que otros normalizan; el deseo del hombre de imponerse sobre la mujer y de demostrar su dudosa superioridad se ha manifestado en una cantidad de casos que, tan solo en Colombia, han generado la muerte de más de 200 mujeres en lo que va de este 2017.

En medio de todo esto, ¿qué es lo que más preocupa? Sucede que no solo hay violencia por parte los compañeros sentimentales de tantas mujeres, hay otra violencia que la apoya y la impulsa: la violencia institucional. Aunque se han alzado muchas voces de protesta, la inoperancia de la ley se refleja en los casos que quedan archivados en los expedientes de las comisarías de familia y las fiscalías del país.

A esa inoperancia se le suma la aceptación cultural del machismo que las mismas mujeres agredidas tienen, se ahogan en un mar de temor y silencio que no les permite dignificarse y decir no más, no más abuso, no más indiferencia.

Es claro que, sin importar el género, todos los derechos tienen que ser defendidos, pero habría que preguntarse qué pasa cuando se denuncia y el Estado falla con su indiferencia al no brindar ninguna alternativa salvo cuando la situación es tan mediática que la presión social lo obliga.

Pero mientras a la justicia le da por actuar, agilizar sus procesos y no quedarse en órdenes de restricción, las mujeres deben insistir y la sociedad debe apoyarlas. Desde la cotidianidad hay que formar una conciencia colectiva de respeto e igualdad.

Y los medios de comunicación no solo tienen la función de reflejarnos esas realidades que se viven en Colombia, su compromiso social también es educativo desde la manera como informan, no pueden ser cómplices de las ideologías que, históricamente, han legitimado la violencia de género.

El porqué de un comunicador para el desarrollo

La comunicación para el cambio social o el desarrollo es, en ocasiones, una área de la comunicación poco conocida o impulsada por quienes estudiamos comunicación social y periodismo. Es un campo de acción amplio que implica la oportunidad de llevar a cabo procesos de apropiación de una comunidad al momento de ejecutar proyectos que impulsen su crecimiento.

Darle el poder a las personas para que protagonicen sus cambios y gestionar estrategias de comunicación es un desafío apasionante, por ejemplo, para Marta Chavarriaga, Comunicadora Social y profesora vinculada a la Universidad de Antioquia.

P: Cuénteme usted qué hace como comunicadora para el desarrollo, ¿cuál es su función?

R: Un comunicador en esta área es el que acompaña y permite que los planes de desarrollo comunitario cuenten con una participación real de la comunidad que está siendo parte de esos proyectos; sucede que anteriormente a la gente se le hacían unos procesos en los cuales no tenían opinión, ahora es fundamental que ellos se apropien de los mismos de acuerdo a las características que su contexto les brinda.

P: ¿Cuáles son los principales retos que ha enfrentado en este campo?

R: Desde la Universidad tuve una serie de experiencias con diferentes comunidades, y comencé a darme cuenta de que la comunicación tiene un campo mucho muy amplio que va más allá del trabajo con los medios. Mi primera experiencia fue trabajar con el programa de reconstrucción de Armero cuando ocurrió la tragedia en 1985, yo era la jefa de comunicaciones de La Cruz Roja de Antioquia y me fui a trabajar a ese lugar, allí empecé a darme cuenta del gran reto que esto significaba para mí como profesional en estos procesos de desarrollo.

P: En su profesión, específicamente en el área de comunicación para el desarrollo, ¿qué experiencias ha tenido?

R: He trabajado con mujeres víctimas de la violencia intrafamiliar, con damnificados en diferentes escenarios del país, he realizado procesos de desarrollo campesino, soy profesora que sigo y apoyo los procesos que los chicos hacen en las comunidades, he realizado acompañamiento a víctimas de una masacre que hubo en San Carlos, etc.

P: ¿Cómo fue la experiencia específica de desarrollo con las mujeres víctimas de violencia intrafamiliar?

R: Trabajé con una psicóloga y nuestra labor fue darles la palabra a las mujeres, pues ellas estaban muy angustiadas y tenían mucho miedo gracias al historial tan fuerte de violencia que han padecido; ellas no habían sido escuchadas y yo soy una gran convencida de que la comunicación tiene que partir por la comunicación interpersonal, la comunicación cara a cara, el escuchar al otro, verle sus circunstancias y situarlo en un contexto.

Entonces básicamente lo que hicimos con estas mujeres fue darles la palabra, estaban ya cansadas de escuchar teorías acerca de la violencia, pero nadie les había dado el espacio para que ellas contaran su propia violencia; les dimos la oportunidad de que dibujaran, se dibujaran a sí mismas y escribieran su historia. Esto hizo un proceso de catarsis en ellas que liberó un poco sus situaciones. Finalmente las acompañamos para que supieran y tuvieran claro cuál es la ruta que debían seguir para poder denunciar y el acompañamiento que la justicia y el Estado tiene para brindarles cuando se atreven a denunciar los maltratos físicos y psicológicos de sus esposos e hijos.

P: ¿Cómo cree que la comunicación para el desarrollo se puede relacionar con otros campos de acción como el periodismo, lo audiovisual o incluso lo organizacional?

R: Siempre le digo a mis alumnos que la comunicación para el desarrollo o para el cambio social no es un trabajo que se hace única y exclusivamente con las comunidades vulnerables porque el cambio social se da en todas y cada una de las instancias en que los seres humanos nos estamos desenvolviendo.

La comunicación para el cambio se tiene que dar también en la empresa y en las diferentes esferas donde el comunicador está aportando. Por lo tanto, no soy amiga de separar esta área de lo organizacional, se debe pensar y proponer acciones donde sea el dialogo y la resolución de conflictos lo que pueda dar la posibilidad de cambiar y de hacer una sociedad mejor.

La amnesia de los principios periodísticos

Por: Alejandra Arizmendi Zapata

“El periodismo no es un circo para exhibirse, sino un lugar para pensar, para crear, para ayudar al hombre en su eterno combate por una vida más digna y menos injusta” Tomás Eloy Martínez

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Basta con ver Spotlight para darse cuenta de cómo es que se realiza un trabajo periodístico realmente basado en su razón de ser: la investigación. En esta película se cubrió una de las investigaciones más extensas con un tema que causó y sigue causando polémica con la historia controversial de los abusos sexuales realizados por los sacerdotes de Boston y con el silencio cómplice de gran parte de la comunidad.

Pero más allá de la película, lo realmente interesante es analizar la manera como se debe seguir paso a paso un cubrimiento de hechos por medio de una búsqueda incansable de testimonios, pruebas, archivos y entrevistas que calan en lo más íntimo de quien está buscando y comprobando la historia.

Y es que ese es el periodismo auténtico, real, el que no se rinde, el que no se deja manipular, el que insiste y el que, sobre todas las cosas, busca la verdad mediante el entendimiento de la información alejada del morbo.

El respeto es otro pilar fundamental, el camino a seguir dentro del periodismo no puede alejarse de las sendas de la certeza. Pero es que hay que entender que este oficio puede traducirse como un campo de batalla en el que la resignación quiere llegar para quedarse. Cuando pasa esto debe entrar entonces la valentía, esa capacidad innata de poner pasos firmes hacia el cambio de la sociedad.

Para nadie es un secreto la carencia de credibilidad que tienen la gran mayoría de los medios de comunicación, sometidos a intereses privados que marcan el rumbo de lo que se debe publicar y lo que no.  Pero ¿sirve seguir con esa mentalidad de que no es posible dar un cambio, un giro en la historia? La respuesta es negativa y remueve conciencias sobre el fundamento periodístico que está pasando por un momento de amnesia colectiva.

Junín y sus matices

Por: Alejandra Arizmendi Zapata

Ahora Junín es lo que dejaron: un emblemático pasaje peatonal, un lugar cargado de historia, una historia reveladora de cambios sociales.

Una atmósfera creada por personajes y más de 300 locales comerciales. Un bulevar con mano de obra para el consumo. Algo así como un bazar oriental que alimenta los deseos de compra de los transeúntes. Un sitio con sobras pero renovado.

En el siglo XX fue el eje del comercio. El sitio de encuentro perfecto para todos, para tejer y contar historias.

Una calle escrita y contada que ahora tiene más asfalto y más olvido pero que aún conserva un ineludible bombardeo de colores. Una cacofonía de sonidos. Vendedores que alzan sus voces para ganar la atención. Músicos intentando lo mismo y los indigentes, también.

En Junín se respira lucha. Es caos absoluto. Un caos de colores. Un caos de olores. Es también vida cotidiana. Es aún la calle de muchos para salir a “juniniar”. Para caminar sin prisa por el eje de la antigua vida social de Medellín. Por el antiguo corazón de Medellín.

Junín es un retrato de la vida, un retrato de ciudad. Es el “rebusque” en su máxima expresión. También es, para comerciantes, un contrato con la inseguridad. Un ejemplo ilustrativo del paso de los años.

La mirada se dirige hacia varias direcciones. Un vendedor de minutos. Un vendedor de zapatos. La señora que vende jugos. El niño indígena sentado en la acera con su mamá. El saxofonista que busca monedas. El indigente con mirada afligida. La señora que va de afán agarrando fuertemente su bolso, insegura. El señor de mayor edad sentado mirando al cielo. El que está dormido en una banca. La paloma que busca con ansias las harinas que dejan los que salen de El Astor, etc.

Aquí la cultura palpita fuertemente, a un ritmo acelerado se van evidenciando vidas y personalidades. También se evidencia todo un patrimonio histórico de una ciudad que ha avanzado, ha crecido, ha cambiado.

Junín es una intersección de historias antiguas y contemporáneas. Es un testigo directo de quienes lo han caracterizado y definido, es testigo de emociones, afanes, sentimientos y frustraciones.

Por la noche, es todo un contraste comparándolo con el Junín de antes a esas horas. Hay indigencia. Hay prostitución. Hay horror. Como en todas las calles del centro, cuando el agite del día ha pasado, entran esas situaciones para apoderarse del lugar, para darle ese matiz de penuria que nadie ha podido borrar.

Y es que hay cosas que perduran y otras que se van, pero a Junín, a pesar de sus cambios, nadie le quitará el lugar que tiene en la memoria colectiva de una ciudad que lo disfrutaba y lo disfruta. Una ciudad que recuerda con añoro esas antiguas maneras de recorrerla y sentirla pero que ahora ofrece nuevas alternativas para no dejar de hacerlo y para distinguir sus matices, que van, en el caso de Junín, desde 1940 hasta el momento.

Fernando González como un legado multifacético

Por: Alejandra Arizmendi Zapata

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Es preciso comenzar contando quién fue Fernando González, quién fue este tipo del que muchos hablan reflejando su admiración. Fernando González es considerado como uno de los filósofos más originales de Colombia, pero decir que fue únicamente un filósofo es quedarse corto en la definición merecida de este personaje, pues se desenvolvió también como escritor, abogado, cónsul y juez, en definitiva: un hombre muy polifacético, capaz de introducir al lector en sus pensamientos, haciéndolos apasionar y frenar a ratos el ajetreo de la vida. Fernando nació en Envigado el 24 de abril de 1895 y murió el 16 de febrero de 1964 a eso de las siete y media de la noche, cuando un infarto acabó con su vida.

Su espíritu rebelde y único, lo convierte sin duda en un hombre que sirve de referente de la literatura colombiana, un hombre que mediante sus libros rompió todo tipo de esquema de los géneros literarios, filosóficos, sociológicos etc., como decía Carlos Jiménez Gómez en Un camino hacia nosotros mismos: “Fernando González, era extraño a la preocupación de un estilo, inclusive a la obsesión de toda forma literaria y de la misma “literatura”, enemigo de ésta, va hilvanando sus páginas con reflexiones de pensador que piensa cómo los árboles renuevan sus hojas, sin imaginar que hay alguien para quien existe el paisaje, como un verdadero atormentado de todo…” Fue entonces una persona que no tuvo nunca canales literarios establecidos, ¡era tan original, tan inédito! Con seguridad, cualquiera que antes no tenía ningún acercamiento a Fernando González, y comienza a introducirse en su mundo se da cuenta de su escritura “de flujo”, una escritura genial en la que la argumentación, el monólogo y la narración comparten el mismo escenario: esas páginas que permiten al lector encontrarse con su identidad, consigo mismo; así como el mismo Fernando en su libro Viaje a pie, decía: “No aspiremos a ser otros; seamos lo que somos, enérgicamente. Somos tan importantes como cualquiera en la armonía del universo. Todos los seres pueden ser igualmente hermosos.”

Así pues, la mirada del mundo de Fernando González se destacó por ser realmente verdadera, auténtica, trascendente y genuina. Resaltó sin duda por la profundidad de sus escritos, por esa forma de ser y de escribir cargada de humor, de ironía, de análisis e interpretaciones, una peculiaridad beligerante que conmueve y apasiona, es eso lo que genera pensar y leer a Fernando González: pasión, y una energía vital.

A este ícono de la literatura, le tocó vivir en medio de una sociedad caracterizada por situaciones muy importantes y cruciales en la historia colombiana, tales como: la masacre de las bananeras; la danza de los millones; las huelgas petroleras; el tiempo en el que en nuestro país aumentó la deuda pública al dotarse de carreteras, ferrocarriles etc., todas estas situaciones críticas permitieron que el habitar del mundo de Fernando González se basara en la pretensión de dejar a la sociedad ideas y mensajes justos y rectos para la construcción de una Colombia futura, por eso, sus pensamientos plasmados en el papel, se centran en el hombre de este país, en su identidad, su expresión, sus esfuerzos y su capacidad de expresar vitalidad y rebeldía, afirmando que la vida es el valor más grande del ser humano.

Tener sed de justicia, pensar, reflexionar y ver más allá de las cosas es lo que nos permite Fernando González en sus obras; además, se inspiró en Nietzsche para realizar sus críticas a la Colombia tradicional, porque en él encontró a ese predicador de la energía (que es tan fundamental), gracias a él nace en Fernando una concepción del pensamiento como arma afirmadora de la vida, en cuanto a esto, piensa que Colombia es el «comunismo ideológico» porque  carece de ideas propias.

Ese era él, una persona crítica frente a un país devastado por sus conflictos, una persona que pretendió crear una visión orientadora, una esperanza y una invitación a nosotros, sus lectores, a desarrollar un pensamiento que no acepte todas las imposiciones de un mundo que necesita de la capacidad de atisbar a la verdad, la importancia que Fernando le da a ésta se evidencia cuando escribió alguna vez en El remordimiento: “Desde niño estoy buscando la verdad (…) Desde la infancia he vivido meditando, parado en los rincones o al pie de los árboles.”

Vemos pues, que Fernando González, ha dejado un aprendizaje y un recado hermoso, casi mágico. Fue un escritor imprescindible, que supo reflejar su realidad interior sin mentiras ni tapujos; un crítico social difícil de destruir, un educador revolucionario… En fin, esencial.

El hacktivismo: un régimen digital

Por: Alejandra Arizmendi Zapata

 Finalizando los años 80 hubo una gran revolución, la expansión de las TIC (las Tecnologías de la Información y la Comunicación) comenzó a dominar el ámbito digital mediante una nueva dimensión cultural denominada cibercultura, que da como resultado una infinidad de cosas posibles mediante el internet y la vida online.

Este ciberespacio es un universo de redes numéricas que se ha constituido en el lugar de encuentro de la cultura contemporánea, lugar de conflictos mundiales y nueva frontera económica y cultural (Pierre Lévi, 1999).

En We Are Legion: The Story of the Hacktivists se denotan algunos de esos conflictos que pueden existir mediante la narración de la historia de Anonymus, uno de los grupos con mayor influencia en los últimos tiempos. Anonymus se autodenomina un activista y protector de la libertad de expresión especialmente cuando dicha libertad o privacidad se ve afectada en internet; pero en la otra cara de la moneda el grupo ha sido llamado criminal desde que surgió, y a sus integrantes los han caracterizado como “Hackers con esteroides”.

En el documental, por medio de entrevistas a expertos de las telecomunicaciones y a miembros de Anonymus, se nos permite conocer cómo fue que se estableció esa cultura online con imágenes extravagantes e irrisorias que comenzaron en un foro llamado 4chan y que luego pasaron a convertirse en bromas mucho más pesadas dirigidas a entidades gubernamentales y privadas.

De esta manera fue surgiendo el Hacktivismo, un término designado para explicar a los hackers que hacen activismo político a través de internet, este concepto es de una naturaleza cambiante en cuanto a protestas, tácticas y prácticas.

En We Are Legion se sigue la imponente evolución de este colectivo de hackers que es ahora un movimiento global, cuya única arma online es la desobediencia civil.

Y es que las maneras de apropiarse, de acceder y de transmitir información han cambiado gracias a la creación y dispersión de nuevos fenómenos como los hackers, que, según el sociólogo y economista Manuel Castells, son una de las fuentes esenciales de la invención y continuo desarrollo de Internet.

Los hackers son la cara de la disidencia, piratas informáticos o simplemente ciudadanos indignados que están redefiniendo la era digital con herramientas y métodos de irrupción que nos hacen plantearnos una de las más grandes cuestiones de la web sobre la permanente tensión entre libertad y seguridad.

Para nadie debería ser un secreto la actual vulnerabilidad de los gobiernos frente a los sistemas informáticos manejados por grupos como Anonymus o por personas independientes, es tanta la presión que tienen que deben buscar protegerse mediante la regulación y la represión, dejando de lado las necesarias medidas para la autoprotección tecnológica de la sociedad.

Este panorama en el que el Estado se ve en riesgo gracias a los hackers no está alejado de la realidad colombiana, el pasado domingo 2 de octubre mientras se realizaba en el país el Plebiscito para decidir si acabar o no el conflicto con las FARC se presentó en Medellín el caso de un joven, cuyo usuario online es “Oroboruo”, que realizó un ataque informático a la página de la Registraduría Nacional del Estado Civil, ocasionando que cientos de usuarios, al momento de ingresar al sitio, se encontraran con que su documento de identidad estaba inhabilitado por pérdida, por expedición e incluso muerte.

Lo anterior, quizás en forma de protesta o rebelión contra el gobierno, pues el hacker, según declaraciones de la Policía, ya había ocasionado 3.196 ataques contra 1.374 dominios web asociados a entidades del Gobierno Nacional, entre ellas la Presidencia de la República y algunos ministerios.

La cuestión de fondo de esta situación y de lo que nos muestra We Are Legion es el tratamiento que ahora se le está dando a la información en un mundo online que afecta al offline, carente, muchas veces, de acciones concretas desde el punto de vista social y legal frente al régimen digital que están imponiendo los hacktivistas y que no debería verse desde el maniqueísmo.

Medellín, ciudad modelo en protección animal

Por: Alejandra Arizmendi Zapata

La ciudad marca la pauta como uno de los lugares que más protege a los animales en el mundo.

Gracias a la representación que lograron los animalistas en el Concejo Municipal de Medellín, se pudieron implementar proyectos que destacaron a la ciudad como un ciudad tolerante frente a otras del país que han implementado métodos como el sacrificio y la criminalización de animales callejeros.

En la capital antioqueña se ha establecido un “trípode fundamental” que incluye campañas para la adopción, la tenencia responsable y la esterilización masiva a través de la Unidad Móvil de Esterilizaciones gratuitas para caninos y felinos de estratos 1, 2 y 3. También se ha creado un Escuadrón Anticrueldad Animal (EAA) de la Policía Metropolitana para rescatar a los que se encuentren en situaciones vulnerables.

A la gestión que se ha venido realizando por los animales se unen todos los esfuerzos de fundaciones y activistas ya mencionados para crear una conciencia social reflexiva en torno a la aceptación de los perros y gatos callejeros como un problema cuya salida implica el compromiso de muchos.

El premio de ciudad modelo en materia de protección animal tuvo lugar en el 2012 cuando la fundación Suiza Franz Weber, que lidera gran cantidad de campañas animalistas de todo el mundo, le dio este reconocimiento a Medellín debido a su sensibilización con el tema y a la inversión económica en múltiples campañas.

La ciudad ha ido creando tal conciencia de la importancia del respeto y la protección de animales que, aunque hayan temas por mejorar, ya es irreversible al avance y la impronta de Medellín a nivel mundial en materia de bienestar animal.

La voluntad política también ha hecho posible los logros que se han obtenido hasta el momento, el reto está en no abandonar los programas educativos y la pretensión de seguir estableciendo una cultura de amor encaminada a proteger a los animales.

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