Rostro del transgenerismo

Por: Alejandra Arizmendi Zapata

A sus 23 años, Sofía Hernández ejemplifica la lucha constante de la comunidad LGBTI (Lesbianas, Gays, Bisexuales, Transgeneristas e Intersexuales) para traspasar las fronteras de género e ir más allá de los parámetros y estigmas sociales.

Sofía antes era Bryan, pero de él no hay muchos recuerdos. A sus 4 años comenzó a sentir que ese cuerpito de niño blanco, peli negro y delgado no era suyo, que estaba “atrapada en el cuerpo equivocado”, que estaba encerrada, que necesitaba huir. Siempre jugaba con muñecas y con las niñas; soñaba con cuentos de hadas y con princesas rescatadas por hombresitos valientes; nunca tocó un balón de fútbol.

A su madre la llamaban preocupadas las profesoras del colegio, le decían que Bryan no era normal, que sus actitudes se parecían más a la de las niñas, que lo llevara al psicólogo, que necesitaba ayuda. Pero ella se alejó de los prejuicios y decidió apoyarlo, en su casa también notaba que su hijo, en un futuro próximo,  sería su hija. De su papá conserva algo curioso, se le murió cuando apenas tenía 8 años, pero él supo, antes que todos, lo que pasaría; sus actitudes se volvían tan evidentes que comenzó a decirle a su hijo “mi niña”, porque siempre quiso una mujersita e, intrigantemente, la veía en Bryan. “Murió sabiendo que yo sería así”, asegura Sofía con una sonrisa fortuita.

Iba creciendo y la situación se tornaba cada vez más difícil al identificar en su interior esa falta de congruencia, ese conflicto de género… algo le decía que no pertenecía al sexo al que se le obligaba pertenecer; todos los días rechazaba el trato social que se le daba, sentía confusión, incomodidad y frustración.

Los profesores y alumnos de su mismo colegio se cuestionaban: “¿Por qué se viste así? ¿Por qué habla así? ¿Por qué asume estos roles?”, comenzaban siempre a hacer suposiciones y a buscar explicaciones por su comportamiento.

Pero su vida dio el giro que el destino le estaba preparando, hasta los 14 años fue su adolescencia como niño, aunque ya vestía con ropa estrecha y el pelo largo. Comenzó a ir, junto a su mejor amigo, al Parque de los Deseos, punto de encuentro de la comunidad LGBTI, fue en ese lugar donde, por primera vez, notó que podía cambiar su cuerpo, ser diferente, ser mujer.

Otras personas trans empezaron a motivar a ese Bryan que estaba a punto de desaparecer, le decían que su cara y su cuerpo se prestaban mucho para feminizarse, que lo intentara.

Ante la necesidad de sentirse acorde con su mentalidad y su sentir, comenzó a los 14 el proceso de transformación con su mejor amigo, empezaron a administrarle hormonas a sus cuerpos, anti andrógenos que cumplen la función de redistribuir la grasa, frenar el desarrollo de rasgos masculinos y favorecer la aparición de los femeninos, entre ellos, las facciones de la cara y el tono de la voz. Bryan iba convirtiéndose en Sofía.

Hasta hoy, han sido 8 años en los que, diario, debe tomarse un anti andrógeno para seguir el largo camino en búsqueda de su identidad como mujer, un camino que le ha traído satisfacciones, alegrías, decepciones y  discriminaciones.

Dentro del contexto de las discriminaciones ha vivido una lucha constante; todo el tiempo recibe miradas intimidantes, comentarios imprudentes e insultos que van desde marica hasta puta; personas que en un centro comercial, en un restaurante y hasta en un cine, parece que vivieran encapsuladas en un mundo aparte y que no comprendieran que existen modos de ser distintos a los establecidos y tradicionales.

Sofía tiene algo peculiar, a diferencia de otras personas transexuales, a ella le gusta decir que lo es, incluso, prefiere advertírselo a los hombres que se le acercan, por ejemplo, en una noche de rumba en el Parque Lleras para bailar; algunos se quedan sorprendidos y se alejan, otros la insultan y a otros simplemente no les importa y deciden bailar toda la noche con esa mona alta que siempre se viste con grandes escotes.

Hace 8 meses, en una de esas salidas al Lleras con sus amigas,la sacaron de una discoteca, los organizadores le dijeron que debía irse, que sus amigas entraban pero ella no, que varios clientes se estaban quejando porque “¿qué tiene que estar haciendo un man disfrazado de vieja en una discoteca?” Esa noche,  la impotencia  y la decepción tomaron un papel protagónico, estaba siendo víctima de los estigmas de una sociedad que no acepta, que no incluye, que no tolera. Anécdotas como esta le sobran, pero convicción para superarlas, también.

En toda esta historia, no tan dramática como la de otros trans que han vivido más discriminación, Sofía se siente afortunada por dos razones principales; primero, tiene a su mamá que es su luz, su centro, su cable a tierra. Ella la apoya de manera incondicional y la hace feliz saber que su hija tiene la capacidad de no dejarse afectar por el qué dirán de los demás; y segundo, cuenta también con el apoyo de su novio, con el que lleva un año y medio.

Para algunos será difícil creer y aceptar que un hombre se fije y se enamore de una persona transexual, pero él se enamoró de Sofía, de sus virtudes y de sus defectos.

Y es que Sofía no pide perdón, puede estar consciente de sus equivocaciones pero no lo hace, le gana el orgullo y prefiere hacerse la víctima para no tener que hacerlo; también, es prepotente en ocasiones, en especial en su casa, donde vive con su mamá y con su hermana menor, a quien cuida todas las tardes.

Sofía es, en definitiva, una muestra de lo que significa el hecho de tener que asumir un rol diferente en la sociedad porque se nace con un inconformismo inevitable, con un conflicto de identidad de género imposible de ignorar.

Aunque el ser mujer, para ella, va más allá de la corporalidad, continúa su vida haciendo esfuerzos para “armonizar” cada vez más su cuerpo, espera realizarse una cirugía plástica de senos y de nariz, y espera, sobre todo, conservar el apoyo y la presencia de su mamá, su hermana, su novio y su mejor amiga. Sofía vive la grandeza de ser feliz con lo que es, con lo que piensa y con lo que dice. Busca superar  las barreras impuestas por un mundo que patologiza, que pone como enfermedad la condición transexual; un mundo que no comprende que es, simplemente, una condición humana.

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El sentir de un animalista arrepentido

Por: Alejandra Arizmendi Zapata

“No me alcanzará la vida para agradecerle a ‘Terciopelo’ el favor que me hizo” así piensa Álvaro Múnera, ex torero; concejal de Medellín y ahora símbolo de la defensa de los animales, al referirse al toro que le dio un rumbo diferente a su vida cuando, el 19 de noviembre en 1985, le propició una cornada y lo dejó parapléjico. Hoy Múnera, más conocido como ‘El Pilarico’ defiende con fuertes argumentos la importancia de proteger a los animales.

Lunes, 10 de la mañana, me dirijo al Concejo de Medellín, con expectativa e intriga, con la curiosidad que se necesita para conocer a alguien como Álvaro Múnera, una persona con alta convicción dentro de su lucha animalista.

El ingreso es sencillo, me abren la puerta de la oficina e inmediatamente se presentan ante mis ojos muchas imágenes de animales, hay gatos, tigres, delfines, perros, elefantes, micos, caballos, etc; también, grandes carteles que rechazan la tauromaquia, el mal llamado arte de jugar con la vida de un toro.

Me perdí en ese ambiente, en lo cálido que resultaba ser esa oficina del concejo. Tomé asiento  por unos minutos y llegó Álvaro Múnera, en su silla de ruedas y con una gentileza que se percibe fácilmente. Comenzamos la entrevista y parecía que no estábamos solos, nos acompañaban los animales plasmados en las paredes.

A usted lo reconocen como “El Pilarico”, ¿cómo surge este apodo?

“Desde que yo tenía más o menos 9 años, me mudé con mi familia al barrio La Pilarica, empecé a torear a esa edad y todos mis amigos del barrio iban a verme, para que a ellos los identificaran como mis amigos, empezaron a gritar “Pilarico” “Pilarico”, y así me quedé”.

¿Cómo nació su afición por las corridas de toros?

“Yo heredé la afición taurina de mi padre, para él, los toros eran su vida y nos llevaba a mis hermanos y a mí, desde los 4 años, a todas las corridas, yo crecí con eso, era pan de cada día en mi casa”.

Cuénteme de las sensaciones que tuvo al recibir la cornada por parte del toro que lo dejó parapléjico y lo alejó se su vida como torero a los 18 años.

“Cuando el toro me cogió, me partí la quinta vértebra cervical, tuve trauma craneoencefálico y lesión medular completa. Yo sentí un corrientazo frío y el cuerpo se me perdió, no podía ni ver, ni hablar, solo escuchar; incluso pensé que estaba muerto”.

¿Cuándo y dónde comenzó a cambiar su percepción sobre las corridas de toros?

“Yo estuve primero en recuperación en España, allí el proceso no avanzaba, a los 4 meses me trasladaron a Miami, mi transformación se da en ese lugar, cuando llego a un país que no concibe que todavía exista un pueblo que se divierta torturando y matando animales. Yo enfrento esos pensamientos cuando, al contarle a las personas lo que me pasó, me miran como si fuera un psicópata, un asesino, un violador…todo influyó para darme cuenta de que el equivocado era yo”.

¿Tiene algún momento o alguna frase que considere que lo ha marcado para siempre durante su estadía en Miami?

“Sí, una vez una compañera del hospital me invitó a comer a su casa con toda su familia, cuando llegamos donde una tía de ella, mi compañera le dijo: ‘Tía, él es Álvaro Múnera, un torero que vino de España y se accidentó, quedó en silla de ruedas por una cornada’, de manera inmediata esa señora se quedó mirándome con unos ojos brillantes e intimidantes y, sin pensarlo dos veces, me dijo: ‘¿Sabe qué? Me alegra mucho que esté en esa silla de ruedas, ojalá nunca se levante de ahí, usted es un bárbaro, cruel, asesino’, yo no le respondí, pero sí interioricé eso y le di toda a razón, porque así es, hay crímenes que no tienen forma de ser reparados y esos son los que yo he cometido”.

Con la mirada siempre esquiva, tal vez reflejando timidez a pesar de su condición de político, iba respondiendo mis preguntas y dándole un tono muy conversacional al asunto, me hablaba como si me conociera desde hace un buen tiempo.

Entrando en otros aspectos, ¿qué es para usted la política, cómo la concibe?

“Para mí la política es una fábrica para materializar sueños. Hay gente que trabaja mucho para llegar acá, nosotros llegamos acá para trabajar mucho, a pesar de las críticas”.

Hablando de críticas, a usted los taurinos lo catalogan de “traidor” por unirse a la causa animalista y defenderla en su carrera política, ¿ha tenido que enfrentarse directamente con ellos? ¿Cuál es su pensamiento al respecto?

“Todo el tiempo, incluso me han amenazado de muerte, no me han matado porque no le quieren poner un mártir a esta causa. Cuando tomé la decisión de hacer pública de conversión y mi ‘salida del clóset antitaurino’ (sonríe) los amantes de las corridas me empezaron a ver como su enemigo y como un traidor, pero les doy la razón porque eso fue lo que hice, traicionar la crueldad”.

¿Cuáles han sido los momentos más difíciles en esta lucha por el bienestar animal?

“Los debates con los caballistas por la eliminación de las cabalgatas en la Feria de Flores y el proceso de erradicación de los cocheros. Recibimos muchas críticas e insultos”.

Era momento de darle un giro diferente a la conversación, quería conocer otros aspectos de Álvaro Múnera, quería entrar a conocer su carácter, su personalidad y sus gustos.

Cuénteme, ¿cuál es su recuerdo más emocionante?

“Yo tengo una hija llamada Isabel, la adopté con mi esposa y ahora tiene 12 años, el día en que me la entregaron fue el día más feliz, no tengo cómo describirlo”.

¿A Isabel, le ha inculcado ese amor por los animales?

“Sí, ella inclusive se hizo vegetariana desde los 6 años gracias a mi ejemplo”.

¿Alguna frase que lo identifique?

“Una de Gandhi: ‘La cultura de un pueblo y su progreso moral deben medirse según el trato que le dan a sus animales’”.

¿Qué lo hace feliz, aparte de luchar por el bienestar de los animales?

“Espiritualmente es eso y nada más, para mí lo más grande es la causa animalista; materialmente me gusta y disfruto mucho del fútbol americano, en Estados Unidos me hice fanático enfermo de los Delfines de Miami, gozo bastante con sus partidos, eso es casi que una religión”.

Para finalizar ¿qué significa para Álvaro Múnera esa silla de ruedas?

“Significa un maestro impresionante porque tú ves el mundo muy distinto, aprendes a valorar, esta silla de ruedas me enseñó a asumir como propio el dolor ajeno y también me bajó del pedestal de orgullo en el que estaba”.

 

Así finaliza la entrevista con el Concejal Defensor de los Animales, él, con un poco de angustia, asegura que ni viviendo dos veces puede devolverles a ellos todo el bienestar que les quitó en su época de equivocadas decisiones, continúa  con la firme creencia de que es posible un gobierno que los incluya y promueva su protección, continua siendo un animalista arrepentido que con acciones intenta aminorar su “deuda de vida”.